Al tipo le quitaron la vida, lo inutilizaron
como persona. Le insultaron, le pegaron, le hicieron la vida imposible desde el
comienzo de sus días. Séptimo y último hijo varón de una familia de lobizones,
problemática y mantenida por un borracho que maltrataba a sus niños y a su
mujer. Tuvo una infancia marcada por la violencia y la desesperación de las
calles de tierra del extrarradio. Transcurrió su adolescencia viviendo al
costado del camino correcto, como era de esperar, siendo un chico muy
conflictivo y soñador, lo cual le condujo a vivir una juventud de vaivenes que
al final no lograron esperanzarlo mucho para conseguir lo que quería lograr en
la vida que se propuso vivir. Nada le entusiasmaba. Vivió en una película de Disney
algún tiempo. Se dejó llevar por las corrientes de las corazonadas y el miedo a
la derrota mucho tiempo hasta que se dio cuanta de que, ya al cumplir 25,
estaba tan corrompido por lo que le rodeaba que así decidió sentar cabeza de
una buena vez, casándose y formando una familia. Lo cual hizo, fue su personal
método para auto convencerse de que la vida tiene algún sentido al fin y al
cabo. ¿Qué es más imprescindible que la familia? Y él quiso ser un buen padre,
no como el suyo. Debía darse cuenta de que la suerte ya no es un método de supervivencia,
que debía comprometerse alguna vez en su vida, compartirla. Necesitaba
demostrarse a si mismo que podía con todo aquello, el tener una casa, hijos,
una parcela en el cementerio, el combo completo. Lo intentó. Lo intentó y le
iba saliendo bien. Su vida era normal, como la de cualquier hijo de vecino que
trabaja un turno de ocho horas y sigue las carreras de motos los domingos por
la mañana. Pero no. Le mutilaron esa dulce esperanza de mínimamente ser feliz
alguna vez en la vida cuando se quedó sin trabajo y sin casa donde pueda vivir
y morir con los suyos. Quebró la fábrica. Su mujer se fue con la hija de ambos
a ocupar su habitación de soltera en lo de sus padres mientras el anda vagando
por las calles pidiendo las sobras, que son muchas a veces, para prepararse algún
caldito que le caliente los huesos en las noches frías de indiferencia y
solitaria ebriedad de la gran ciudad. No consigue trabajo. El subsidio que
recibe del estado no le alcanza para nada, se lo entrega por completo a su
mujer que lo liquida en pocos días, casi exclusivamente en el cuidado de la
niña. Está solo, hace muchos meses que no tiene noticias de su pequeña. Su
mujer le odia. Recoge cartón en la calle por no rebajarse a pedir limosna. Tiene
33 años y se llama Cristian Bertolo.
30 de abril de 2013
25 de abril de 2013
¿Para que?
Colecciono
frases que se publican en el Facebook o en Twitter. Soy una especie de Diógenes
del copy-paste. Poseo miles de archivos en Word con frases de otros para
inspirarme en ellas, para imaginármelos a los usuarios como serán en la vida
cotidiana y cuáles serán sus apariencias. Las fotos que se suelen publicar no
son las reales en los perfiles de estos sitios web, ni los datos de información
muy fidedignos; hay mucho fantasma suelto en el campo virtual, ya se sabe. Aún
así, muchas veces me asombro de la espontaneidad de algunas publicaciones y
quiero guardarlas para un pormenorizado análisis a posteriori. Por eso mismo mantengo
un muy organizado control de los archivos con todas las citas que me he
guardado de todos y cada uno de mis contactos, con nombre y apellido o
pseudónimo y las fechas en que fueron publicadas desde hace dos años. Son casi quinientos los contactos que poseo, te podrás
imaginar que es para mí una tarea ardua el organizar y repasar a diario a cada
uno de ellos para lograr hacerme una idea de cómo son. Llegué a variadas
conclusiones y decidí separarlos en grupos de distintas carpetas. Están los
humanistas, los progres, los chalados, los idiotas y la familia. Las subcarpetas
los divide en tres a cada uno: grupo 1, inteligentes, grupo 2, poco
inteligentes, grupo 3, memos. Las subcarpetas más ocupadas son las de los
grupos 2 y 3 de las originales, sobre todo humanistas y progres, la que menos, familia.
Poseo mucha información guardada de gente que ni siquiera conozco en persona ni
conoceré, pero me la imagino, y de esta manera conservo sus recuerdos en mi
cabeza como el de algún amigo de la infancia al que le conozco todos sus puntos
débiles. Y ahora vos te preguntás: ¿para qué?
12 de abril de 2013
#1 Dream

Me cuelga del vientre como un mono de una
rama. Es enorme, negro y asqueroso, con una cabezota redonda, roja y grande
como una ciruela. Me espanto de verlo en detalle, sus arrugas, su cuello largo
y venoso. Lo avivo un poco con la mano. Estoy solo frente al espejo, tan
aburrido de todo, tan drogado por mis pensamientos y desnudo. Cierro los ojos y
esa escena ocurre otra vez por detrás mío. Un pibe pasa a mi lado en la calle
chascando los dedos como si le sonara en la cabeza una de Carl Perkins. Por
delante suyo, va una de más o menos unos quince años, va sola y con unos
pantaloncillos muy cortos marcándole el culito de niña crecida, sus piernas de
espigas son largas y firmes, la cinturita sigue un compás al caminar como de
patito feo, su camiseta roja de tirantes es corta y le afirma los nacientes
pechos como dos conitos de leche, dos coletas rubias le cuelgan hasta los
hombros, tiene algunas pecas y un tatuaje de henna en el brazo derecho con un corazón
atravezado por una flecha. Me acerco a ella por detrás sin quitarle ojo de
encima, la alcanzo en el semáforo de la esquina, me le pongo al lado y me mira
de soslayo provocándome con esos ojos lánguidos de huerfanita, el niño nos pasa
de largo sumido en su mundo, me doy cuenta de que algo pasó por los bocinazos,
que de repente me acercan a la realidad y al charco de sangre en el asfalto
donde me revuelco.
11 de abril de 2013
Disorder 9 am
El metro va lleno, hace dos
paradas que subí y el hedor que se respira en el interior de los vagones me
hace pensar que tal vez me haya equivocado y esté viajando en el vagón de la
carne o el de los presos comunes. Es la hora punta de las 9 de la mañana y voy
escuchando mi selección de Joy Division puesta en shuffle al 20 de volumen. A
todos los pasajeros los observo por encima de la solapa levantada de mi abrigo
de piel de camello, veo que a unos les cuelgan las cabezas de los hombros,
inertes, meciéndose suavemente de lado a lado como el tren frena y acelera. Hay
chicas muy arregladas que se terminan de retocar los labios con mucho arte a
pesar del movimiento bamboleante que da el vagón, hay muchos viejos que van
sentados dormitando, el resto de la manada está revisando alguna mierda
inservible en los aparatos táctiles como siempre. Subo la mirada y me detengo
impresionado por el reflejo del cristal que me muestra como de pronto todos los
que van detrás de mí se matan entre ellos, como se arrancan los ojos y se tiran
los cueros. Bajo rápidamente la mirada buscándome los pies, un poco de acides
estomacal me aflora de una pequeña arcada láctea. Los bajos suenan muy fuertes.
Llegando a plaza Catalunya percibo un fuerte olor a metal quemado que se va
espesando según para el convoy en la estación. Toda la masacre baja en tromba
arrastrándome con ella, estoy atrapado en su embudo, que me hace subir las
escaleras contra mi voluntad y pasar por el molino de carne hasta la calle.
Llueve. Hace frío. Hoy no va a ser un buen día.
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